Tiempo que nos separa de la eternidad

La hoja muestra su reverso, y no hay consuelo cuando la hoja es un espejo blanquecino.

No se puede sondear el abismo, si la textura de su cuerpo es el límite.

No puede avanzar la letra agazapada, sabiendo que no lo espera la redención.

Tatuada lleva la vida el escritor, mientras se apaga la ciudad en una laguna de silencios y renacuajos deprimidos.

El domingo no es el descanso, sino cadalso del criminal que manotea hundido en la resaca por la sentencia de su tiempo.

Porque cada vez que se escribe un libro, se escriben dos: uno que acaba de llegar, otro presto a fugarse.
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Sin darse cuenta y quizás sin saberlo, dios es hegeliano.

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