DOCE HORAS DESPUÉS

Traidores criticando a hombres más traidores.

Raros vilipendiando a hombres más raros.

Hipócritas hablando a las espaldas de hombres más hipócritas.

Enfermos hablando mal de hombres más enfermos.

Pobres hablando mal de hombres más pobres.

Ricos hablando mal de hombres más ricos.

Sí, la identidad está al resguardo de las palabras.

Por esa misma razón es que ya no creo en ellas.

Ni en la identidad que proclaman.

Ni en sus garantías.

Ni en los sentimientos que las sostienen.

Ni en los valores.

Ni en la tradición.

Ni en los nombres.

Existe, sin embargo, una razón necesaria que sostiene este discurso.

Algo de lo que, claro está, no puedo dar cuenta.

El medio es matemáticamente preciso en su fugacidad.

Calmo me asiento entre los hombres con el respaldo de una seguridad que parecen ignorar completamente: todo ha de morir…

Incluso el encanto de esa ignorancia elegante sobre todas mis palabras.

Pictogramas de ecos que parecen entonar a los olvidos que la memoria vigila meticulosamente al momento de recordarse escindida por una sombra… que cada vez se hace más grotesca.

Y más justa.

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