23 de diciembre en Tuculandia y una reflexión contable

Estoy acostumbrado a cobrar en cualquier momento que Dios lo permita. Salvo por dos experiencias laborales de salario mensual, el dinero suele venir en montos y con frecuencias sumamente dispares. Si estuviésemos saliendo del oscurantismo, debería buscar un mecenas o entregarme a la esclavitud, en un mundo aun más primitivo sería el beta del grupo que come cuando los alfa le tiran un hueso, pero el mundo moderno tiene la solución para nosotros y viene en un bello rectángulo de plástico.

En algún momento poseer el dinero de polivinilo fue una señal de estatus, de la confianza plena de una entidad bancaria en la capacidad económica de un individuo. Ya no lo es más. La tarjeta es una sirena moderna, que hace su llamado a quienes tienen posibilidades y a los que no, dispuesta a devorar nuestras entrañas si acaso tomamos demasiado en serio su canto.

Pero si alguna ventaja apareja el moverse con un amuleto de postergación de pagos por la vida, está en la posibilidad de hacer un gasto en cualquier momento del mes. El asalariado vive como un africano los últimos días del mes, mendigando hasta el pan a su almacenero (salvo que esté dispuesto a romper el sello que protege sus ahorros). Cuando finalmente su patrón le arroja las monedas que estuvo reteniéndole durante un mes, el trastornado ser se vuelca al consumo y despilfarra su dinero antes de alcanzar la sobriedad suficiente para comprender que a ese paso no llega a la segunda quincena. Si consideramos que los aguinaldos se demoran todo lo posible, incluso hasta la víspera de navidad, no es ninguna sorpresa ver por estos días el centro de la ciudad atestado de gente que se ha volcado al consumo; tumulto del que se salvan solo los que usan anticipadamente sus ahorros, la gente a la que la plata le sobra, y los del club de la tarjeta.

Una persona de cálculo cabal y métodos fríos en mi posición habría hecho sus compras el 15 de diciembre. Alguien un poco más amargo podría pensar “bah, la navidad me sopla la vuvuzela, que la gente se guarde mis regalos porque no pienso acompañarlos en esta locura consumista fomentada por el sistema” entre otras frases adolescentes. Pero hoy yo me encontraba mecido por una muchedumbre apresurada (misma que esquivo durante todo el año y por la que ya casi no voy nunca al centro) que pasaba bajo mis narices sus premios impresos de curso legal, haciendo con calma mis propias compras aunque por un valor ínfimo en comparación y surfeando con un plástico mareas de frenesí y las olas de calor de un solsticio de verano tucumano.

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