LAS CIUDADES Y EL RENCOR

Hay un mito inaugural común en las postrimerías de la fundación de las ciudades gemelas Antioquía y Marcis.

Cuenta la leyenda que en un tiempo muy lejano viajaban en busca de la tierra prometida dos hermanos: Crátilo y Jenófanes. En el curso que tomó su largo peregrinar a través de tierras inhóspitas, se encontraron con una gran bestia, de dientes enormes y garras mortales. Ambos lucharon, mano a mano, codo a codo, contra la amenazante criatura. Ésta hirió en el combate a ambos hermanos en el mismo sitio, en la mejilla derecha. Los hermanos, sin dejarse escarmentar por la herida profunda pero no mortal, derrotaron finalmente al monstruo. Y escogieron ese lugar como el sitio signado por señal divina como su hogar. El cuerpo de la bestia, desparramado por el suelo, marcó los límites entre la tierra que ocuparían las sendas descendencias de ambos hermanos.

Crátilo vivió trescientos cincuenta años, y llevó la marca de la bestia en su rostro hasta que dio el último suspiro. Jenófanes vivió trescientos noventa y cinco, y corrió con la misma suerte. Lo que distanció a ambos hermanos tras el episodio con la bestia, fue que mientras Crátilo vivió dedicado a la cosecha de viñedos y al cuidado de sus animales de cultivo, Jenófanes se tornó belicoso. Decía que viviría por el resto de sus días en busca de todas las bestias del mundo, y que haría pagar (si era necesario) incluso a los mismos dioses para vengar la marca que llevaba en su rostro, y que en algo tan indigno lo había convertido.

Crátilo y su descendencia fundaron Marcis. Jenófanes y los suyos, Antioquía. Marcis fue un pueblo (y hasta el día de hoy conserva esos rasgos) humilde, sencillo. De corazón puro y de habitantes de mirada hospitalaria. Los viñedos no han dejado de crecer sobre las lomadas verdes que se anteponen entre el ocaso y el mar. Se han dedicado a la pezca como pocos pueblos del mundo, y han sido de los mejores alfareros que conocen las regiones mesopotámicas. Sus mujeres son cálidas y cándidas, tal como lo es su música y sus vinos. Antioquía, en cambio, se forjó como una tierra de hombres guerreros. Sus altísimos monumentos y sus templos imponentes hablan más del orgullo que sienten estos hombres por su sociedad, que de sus habilidades (todas sus construcciones han sido elevadas por esclavos provenientes de tierras lejanas). Se han proclamado defensores de la libertad, y baluartes poderosos contra el acecho de las bestias de los infiernos. Bestias que nunca nadie ha vuelto a ver por esas tierras. Marcis y Antioquía nunca confrontaron militarmente, quizás, por el respeto que sienten a su fundacional leyenda común.

Entre ambas ciudades, existe una distancia de la cual pocos hombres han podido hablar. Algunos intentan situar esta distancia entre los restos de la bestia derrotada. Otros en cambio, la sitúan entre los relieves de las heridas que Crátilo y Jenófanes han cargado sobre sí. Pero estas reflexiones poco importan hoy en día. Antioquía ha logrado desarrollar su cultura y su economía de tal modo, que ha enturbiado y enrarecido la armonía sutil que flotaba por sobre Marcis.

Algunos han llegado a afirmar que Marcis ha desaparecido. Otros, que Marcis nunca existió. Otros, que Jenófanes soñó a Marcis para sostener a Antioquía.

Una vez, cuando tuve la oportunidad de conocer a un sabio que visitó a ambas ciudades, le pregunté por las peculiaridades de cada una de ellas. Me dijo: “Lo mismo que las separa, es lo que las une”.

En épocas del equinoccio de primavera, ambos pueblos se congregan alrededor del sitio en el que según la tradición, yace sepultada la bestia. Se ven guirnaldas, frutas y comidas de las más exóticas variedades.

Estacas prominentes sobre el vado norte que apuntan al cielo. Y mucha sangre.

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