EUREKA (o “¡Che, no sabés lo que se me ocurrió anoche cuando estaba en el trono!”)

Por favor, no se me malentienda: creo con firmeza que la ciencia puede ayudarnos a mejorar sensiblemente nuestra existencia en este querido planeta. Puede decirse que soy un “creyente en la ciencia”, por contradictorio que suene tener confianza en algo que no la requiere. Pero valga este oxímoron, porque lo que me interesa puntualizar ahora son justamente esos momentos que “pierdo la fe”. Enfrentémoslo: los científicos son humanos falibles y con más ínfulas que el promedio. Y como tales, son capaces de los actos más nobles, de arriesgar mucho en la persecución de un objetivo y, la verdad sea dicha, de los mocos más verdes y jugosos.

El año pasado, un pánico generalizado hizo perder clases, asistir al trabajo con barbijos y, entre tantas cosas, elevó repentinamente la producción del alcohol en gel. La temida gripe porcina había llegado al país y prometía destruir todo lo bueno y sagrado, infectándonos no solo con un virus mortal, sino con la exclusión social, con la imposibilidad de abrazar o besar a un semejante sin albergar la preocupación de estar cavando nuestra propia tumba. Tratábamos de imaginar cómo iba a continuar reproduciéndose la humanidad, ahora que los únicos contactos interpersonales recomendados por los médicos de la tv –junto a internet, nuestras fuentes de primera consulta- eran esos estúpidos saludos con el codo. Pero fue entonces cuando la estupidez y el comportamiento de masa empezó a ceder espacio a la razón y los números: ni la gripe porcina era el mayor azote desde el siglo XIX, ni era la variedad de gripe que más muertes causaba. De hecho, era bastante difícil saber si uno no tenía una vulgar gripe solo por los síntomas. Consultando en “los medios” por las principales diferencias sensibles, todo apuntaba a una noción tan ambigua e incomprobable como la de “más fiebre” o “más dolor de cabeza”, incluso “más congestión nasal”. Temible, ciertamente.

Muchos conocidos se tuvieron que hacer un examen riguroso para saber que gripe les había tocado, pero para el momento en que llegaban los resultados, todos ya estaban repuestos, como si de un simple catarro se tratara. ¡Ah! Pero pocos días antes, las clases habían terminado abruptamente, se habían paralizado muchos servicios y decidimos voluntariosamente segregarnos de la sociedad para lamentar en la soledad de nuestras casas el triste final de nuestra especie. Este año el 80% de las gripes fueron del tipo A, pero la gente volvió a estornudar en público sin culpas y rápidamente se deshabituó del lavado compulsivo de manos.

Algo similar sucedió con el dengue. El desabastecimiento en las góndolas fue de repelente para mosquitos y el pánico al aire libre y a todo lo que volaba. El esposo de una compañera de investigación había comprado un equipo de fumigación, no solo para envenenar su entorno cuantas veces quisiera, sino para hacer este trabajo gratis en las casas de sus vecinos, lugares que su pequeño hijo frecuentaba. Recuerdo que en la oficina del ingeniero con el que trabajamos, la secretaria rociaba insecticida cada 15 minutos, aplicando con vehemencia el líquido en los marcos de las ventanas, “para que mueran antes de entrar” aclaró nerviosamente a la tercera vez que la observé en lo que era su principal actividad ese día –considerando que pasé al menos dos horas en ese despacho, respirar aire limpio en la calle, en lugar de ser un alivio, fue lo más parecido al “bajón”. No llegué a temer por la vida de la gente en la oficina porque más o menos a la quinta vez me di cuenta que a falta de insecticida la secretaria había empezado a pulverizar desodorante de ambientes. Es extraño como funcionan ciertos procesos mentales.

Más allá del ruido amplificado por la prensa, las cifras de mortandad del dengue, se encontraban igual que otros años. Esto no significa que no implique un problema, claro, o que no deba buscarse una solución o tomar medidas preventivas.

Y aquí es cuando, en lugar de educar a la población optamos por la alternativa más extraña: ¿Por qué mantener alejados de nuestro medio a los mosquitos portadores de la enfermedad mediante la limpieza si podemos “simplemente” mutarlos para que las alas no les crezcan y mueran de hambre al no poder venir a picarnos y, de paso, no puedan seguir transmitiendo la enfermedad? Es una idea genial. Y podemos seguir siendo tan sucios como siempre.

Lo que temo es que la ciencia, en su ilimitado afán por el progreso –aunque todos desconozcamos hacia donde progresamos-, con estos experimentos transgénicos, con esas ideas de fabricar células artificiales y diseñar bacterias; no llegue a usar estos inventos con propósitos benéficos, ni siquiera como un arma. Lo que temo es que simplemente se les vaya de las manos y terminemos como describe esta página. Perdón, pero está en inglés (la idea se entiende fácilmente con los dibujitos, de todas formas).

TONY

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