Tautologías y Sombras

Puedo afirmarles que no recuerdo haberla creado. Yo estaba frente a un tablero de madera caoba, de un metro, por setenta y cinco centímetros, esbozando una idea aun vaga que circundaba mi mente: eso sí recuerdo. Pero nada de lo que sucedió a posteriori me es discernible. Desperté con una extraña sensación en las manos. Y allí estaba. Maravilloso ser que se erguía ante mí.
Recuerdo haberla pensado esquemáticamente, eso sí. Pero no la había imaginado “exactamente” así. Pero allí estaba delante mío. Y yo estaba ahí, a su lado. Mirando ella a su entorno, recorría la habitación con sus diminutas pupilas, que como frágiles canoas parecían a veces tambalear ante la intempestividad de lo real. Y yo la miraba también extasiado, tiritando ante esa tempestad.
Enseguida me senté a pensar. Empecé a sentir primeramente que el recuerdo que tengo de haber olvidado el momento propio de creación, es ante mis ojos ahora tan solo una falacia porque ¿cómo recordar que se olvida algo que no se recuerda? Quizás, siquiera fui “yo” el que ha dado vida a tal criatura. Y si era yo, ¿qué clase de “yo” era el que la creaba con mis manos, en el momento en el que “yo” no estaba ahí despierto?
Le he dado nombre a la criatura, porque no tengo otra forma de compensar esa ignorancia de no saber de que naturaleza ésta ha germinado: “ese nombre será nuestro cordón umbilical”, me dije. Y con ese nombre hemos generado cierto clima de tranquilidad. Nuestro mutuo anonadamiento parece haber encontrado un suelo estable en una simple palabra. Ella repite su nombre, y se ríe. Y como si acaso fuese una única palabra la que nombrase a todo el mundo, ella señala cosas, y las menciona con ese nombre. Me señala a mí, y repite su nombre. Intento comunicarle que mi nombre es otro, pero parece no estar dispuesta a entender eso todavía: el nombre que yo le he dado a ella le basta como para nombrar a la mesa, a la sombra del jarrón sobre el suelo, a la luz de la vela. Su risa es una risa de nervios, una risa carnal. No es una risa emitida en un agasajo ante un chiste bien contado, o la misma que brota ante un evento absurdo y cómicamente sincronizado. Su risa parece brotar de un dolor que le hace cosquillas. No tiene su risa la contundencia de la convicción, sino más bien la inocencia del compromiso. Continúa nombrando a todas las cosas alrededor suyo con su nombre: huellas, migas en el suelo, marcas de humedad en la pared, más sombras. Es casi hipnótico escucharla repetir una y otra vez lo mismo. Una y otra vez lo mismo. Le pregunto “¿Quién soy?” señalándome. De nada vale. Continúa nombrándome con el nombre que le he dado.
Han pasado unos cuantos días, y la criatura ahora lo único que hace es mirar fijamente mi rostro. Y ello me pone profundamente nervioso. En sucesión temporal casi matemática pronuncia intermitentemente mi nombre. La miro. No confío en sus intenciones. Su entonación ya no es la misma de antes, y su sonrisa se ha sumergido en un mar de gestos fríos, serios y calculados. El dolor ya no le hace cosquillas: la lastima. Disimuladamente tomo una pequeña hacha que pendía des-prolijamente de la pared del taller. Y la inserto en su frente.
He despertado con un extraño dolor de cabeza. Dormir en el frío suelo creo que no sido la mejor opción para mi cuerpo. Tampoco este teatro de mostrarme inofensiva ante sus ojos. Extenuante fue el esfuerzo volcado en estos días en el afán de distraerlo. Lo miro, y no confío en él. Hace mucho silencio. Y cuando habla, solo pronuncia un nombre irreconocible para mí. He decidido que esto no seguirá mucho más así. Yo no puedo seguir mucho más tiempo así. A partir de ahora, debo calcular cada mínimo movimiento, y ello requiere de mí suma concentración. “Este es el momento”, me digo. Continúo pronunciando esa única palabra que parece entender, de modo de que no sospeche nada. Pero creo que algo se está tramando detrás de ese rostro de barbas blancas y miradas vacías.
Ahora me arrepiento de haberlo creado, y ese es un error que estoy dispuesta a enmendar. Todo es cuestión de que se distraiga tan solo un instante, para tomar el hacha que cuelga de la pared, e insertarla en su frente.

El reloj marcaba las doce en punto. Las sombras danzaban compases fugaces siguiendo la melodía del viento acosando a la llama de la vela. La luna se erguía hermosa, proyectando monstruosas criaturas sobre el suelo.  Sombras que carecen del privilegio de tener nombres. Se esconden en el olvido, sonríen, y desaparecen del mundo. Son como los entes de la metafísica: imposibles de conocer.

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