Flores en el pestañeo de su espalda

Grillos inmaculados, y torrecitas elevadas por sobre los cantos alveolares de la siguiente configuración. Tres minutos y medio de mares, que serpenteaban las horas trazadas en la mejilla de tus recuerdos. La procesión onírica, y el recuerdo que se asintió pasajero.
Que la vida es un pasajero de estos largos años, es un hecho afincado en la ausencia constante. Y que la ausencia constante de una presencia se conforma como recuerdo, es poesía de lo inexpugnable.

Fotografías olvidadas y el frío estepario.

Pasean los recuerdos, y hasta mi memoria tiene cementerios: en donde he clavado un epitafio, y en donde suelo querer evitar mi presencia.

Y nunca supe que es lo más trágico: el dolor irreparable de tu ausencia, o la distancia que recorro cuando salgo a ciertas horas de la noche a imaginarnos.

Entonces muero todas las soledades. Y desaparezco de nombres. Y recuerdo olvidar, tan pronto olvido recordarnos.

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