Ayeres

Corrían los tempranos noventa. Muchos de los aquí presentes tal vez, con escasa conciencia todavía de lo que el tiempo haría con nosotros en su arrasador peregrinaje. Estaban frescos todavía en la inocencia de esa primera memoria, los alborotos por el mundial de Italia 90; calles con gente que salía como enloquecida a festejar goles olvidados. Decían que gobernaba el país un tal señor llamado Carlos Saul, el cual aquel entonces se pliega a los principios del Consenso de Washington, llevando a cabo una serie de reformas neoliberales las cuales quizás nunca terminemos de pagar: aunque en aquel tiempo yo solo estaba más preocupado en memorizar tal nombre y escribirlo bien para el examen de Historia.
Una cortina de ceniza de la zafra me recibía allá lejos, al sur de Tucumán: y de la cual no he podido separarme aun. Y sí, los noventas habían arrancado nomás.
De entonces a esta parte, debo admitir que aun extraño el aroma a lápiz nuevo. Expreso mi desazón, porque vamos cambiando de lugar, pero no de recuerdos. Tengo el alma anclada al primer cuaderno Rivadavia que mis viejos me compraron. Sostengo en mis venas todavía, a pesar del paso de los años, los rostros que siendo niños, corríamos por los patios gusto a caramelos fish y a mochila de estreno. No voy mentirte pasado, porque no puedo. Veo aun a los zócalos de las tantas aulas, la bandera elevada, el gusto a chicle del primer beso: confieso que no puedo dejarte ir, porque tal vez sea que aun no estoy muerto.

Esto puede ser entendido o bien como excusa para pasar un video en donde un montón de mulatos andan franeleándose más de tres minutos, o como prolegómeno a una melodía que junto a otras melodías hacen emerger a esos buenos viejos tiempos: me recuerdan que vamos cambiando de lugar y de estados, pero no de recuerdos.

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Un pensamiento en “Ayeres”

  1. En contraste a la llegada a ese paisaje ceniciento que ya mencionaste alguna vez yo llegué en primavera. Al día de hoy, cuando camino por avenida Roca cerca de fin de año siento los diferentes aromas que salen de los jardines y recuerdo ese sentimiento confuso, de descubrimiento explosivo de un mundo verde y radicalmente opuesto a la aridez que hasta entonces podía identificar con mi hogar. Dos caras tan sorprendentemente opuestas de las mismas calles y piedras.

    Sobre la lambada, prometo no hacer esto (demasiado) a menudo, dejo un enlace de algo que escribí hace un par de años en mi abandonado blog
    http://calamocurrente.blogspot.com/2007/01/gua-rpida-para-un-hit-musical-o.html

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