Desvelado en la nupcias del día de los Reyes Magos, no puedo dejar de declamar sobre esta suerte de mística que emana de este transitado anochecer con la compañía de la virtualidad y la Nada beligerante que todo lo puede pero nada lo logra…
Que todo lo contiene y quizás es por ello que no tiene nombre…
Supongo que alguna especie de fantasía, o bien digamos, algún remanente de nostalgia de infancia me abordó gentilmente mientras escribía estas palabras, como invitándome a un reencuentro con el pasado.
Mis manos no son las de antes. Nada es como solía ser antes…
Quizás por el terror o por el desbordante impacto que puede generar en la conciencia el comprender que antes no fuimos el que somos, sino acaso otro totalmente extraño, es que en este bien intencionado olvido nos otorgamos impúdicamente esta categoría de “individuo”.
Pero son muchos los “nosotros” que han habitado este cuerpo, y es éste el que se ha revestido con una manta tejida por las historias de esos “otros”; ocupantes todos “nosotros” de este mismo nombre que dicen, debe mencionarme.
Hay una imagen que se ha materializado en mi retina, que me evoca a un amanecer de Reyes en particular, cuando aun vivía en Buenos Aires, y cuando el patio todavía era territorio inhóspito habitado por hadas, duendes, y dioses de tierras exóticas.
No fue solo el regalo del muñeco de Rambo y toda la fascinación belicista que acompañó mi infancia el paroxismo de ese instante, ni el sol tibio de una mañana de verano afable, ni mis viejos con su mesita afuera tomando mate, sino todo ello junto. 
Ellos todavía reían como los jóvenes lo hacen. Y el vigor de aquella mañana ha encerrado siempre un enigmático acertijo que quizás no me baste la vida para lograr descifrarlo (si es que acaso ello es necesario…o posible).
Pero allí estaba todo. Aun estaba yo despierto. Realmente creía que esas huellas de camello reproducidas fielmente con el agua por el suelo eran las de los exóticos animales que llevaban a cuestas a los Reyes del Oriente Lejano.
El pasto había sido esparcido por fuera de su recipiente, y entonces sí, no había rastro alguno de duda: ellos habían estado allí.
No recuerdo en que momento el mundo significó otra cosa…
No logro encontrar el instante en el que abandoné aquel mito para abrazar con locura histriónica al mito que viven los del mundo: el de la literalidad de los sentidos diurnos (y por que no decirlo, apolíneos).
Todavía ese misterio hace colapsar lo que digo ser cuando parezco no hartarme de darme definiciones…otorgarme nombres, valores, modos y costumbres del buen hacer.
Los dioses ya no residen en el Topos Hiper Uranos, sino en una cuenta bancaria. Su transustanciación no se ejecuta en una copa de vino, sino en un fajo de billetes de cien.
Los dioses están en todas partes, pero sus formas son similares a una gráfica de acciones de la bolsa de valores.
Los Reyes no vendrán esta noche… simplemente porque no existen.
Pero sucede luego, después de mucho meditarlo, llegué a la conclusión de que la existencia es condición sine qua non de los entes…pero no así del Ser.
Una parte de mí sigue jugando esos juegos, esperando esa espera, latiendo ese corazón, siendo ese ser, respirando ese mundo.
Hoy es viernes.
Dicen, que solo es un día más.
Qué pobreza de mundo nos hemos armado, que se manifiesta impotente

a la hora de reflejarnos en nuestra totalidad.
Espejo defectuoso que nos impide contemplarnos plenamente, para que después sea “inexplicable” la sensación de resaca, de hastío, de cansancio y de soledad.
En donde habrán quedado los fragmentos de esos días…me pregunto.
El tiempo , supongo, es ese enigma sobre el cual late la vida.
Sigo preso de la misma interrogante que emerge de mí, cada vez que mi nombre se hace ausencia para invocar la presencia del ser que soy.
Corretea el viento allá afuera…
Y aquí dentro.
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